Un pueblito llamado Guate Mala
Escucho Oblivion de Piazzolla mientras escribo estas líneas.
Casi pude cumplir con mi objetivo de dirigir 6 obras este año. La última no fue posible (por ahora), y tengo que aceptar que no siempre las cosas salen como uno quiere. Es parte del aprendizaje. Estaba muy emocionado por cerrar el año con una obra distinta, en la línea de lo que se podría llamar “experimental”. Pero no ocurrió y no parece que sea posible. Y no está mal. Uno aprende a dejar de sufrir cuando una puerta se cierra. Siempre habrá una ventana, un agujero, por donde vuelva la luz. Dejé de tenerle fe a este país hace mucho tiempo. He tenido la oportunidad de viajar y presentarme en Francia, por ejemplo, y cada vez que intento algo nuevo o distinto en mi país, me encuentro con esa olla de cangrejos que, como una maldición, no les dejará avanzar nunca. NUNCA. Por eso agradezco tanto no estar involucrado con la gente del llamado “medio”, ser una especie de outsider, gestionar por mi propia cuenta, con mis propios recursos, espacios, lugares donde pueda comunicar lo que estoy trabajando. No me interesa y nunca me interesará ser parte de una cartelera mediocre. Creo en mi trabajo, en mi pasión y no me interesa en lo más mínimo ser o no, un destacado entre la mediocridad. Me hace feliz poder gestionarme con quienes realmente estén interesados, mis proyectos. Sigo siendo un ser que agradece infinitamente que en nuestro país existan personas realmente interesadas en la cultura, en el arte, fuera de los spots. Es allí donde, como una pequeña hormiga, me muevo, presento mis propuestas y en la mayor parte de las veces, son escuchadas y aceptadas. En el fondo, sé que aunque nada vaya a cambiar, lo que hago es principalmente por y para mí, no con un afán egoísta, sino con la certeza plena y salvaje, que acá, en este pequeñito pueblo, ciego y sin esperanza, no hay nada qué hacer. Mientras hay un ministerio de “cultura” que sigue apostando por propuestas mediocres de “teatro”, yo sigo, desde una especie de clandestinidad que abrazo, mi labor. Este pequeño país, corrupto, salvaje y mediocre, necesita de buen teatro. Pero como ya lo dijo Arestes: no se hace buen teatro.

